El Monstruo Interior: La Sombra de Frankenstein y la Creación Propia
Hace un par de meses terminé de leer Frankenstein de Mary Shelley. Una deuda con el horror gótico que me reclamaba ser saldada desde hace años. Encontré una edición de bolsillo e ilustrada de Alma Editorial y no pude resistirme. Los libros bonitos me doblan las rodillas.
Creía conocer bien la historia, pero estaba equivocada. El corazón de esta historia no estaba en ninguno de los cientos de episodio de La Familia Monster que vi en la infancia, embelesada por la belleza de Yvonne de Carlo.
El legado de Mary Shelly no fue solo la genialidad de su macabra historia. Lo que ella nos entregó fue un artilugio mágico, un espejo oscuro (¿un Black Mirror?) que refleja la ansiedad de la creación y la monstruosidad inherente a la negación de lo que hemos creado. En Frankenstein, lo que persiste no es el escalofrío ante un “coco” externo, sino el eco de “algo sin nombre” que emerge de nuestras profundidades. Ese monstruo, ¿no es acaso la sombra proyectada de nuestras propias decisiones y abandonos?

Shelley hizo de “lo que está dentro” la fuente del horror. El diablo, Lucifer, es un arquetipo de la maldad trascendente, pero la criatura de Frankenstein no es el diablo propiamente: “Veo por todas partes la felicidad, y sólo yo estoy excluido de ella irrevocablemente. Yo era benévolo y bueno. Los sufrimientos me han convertido en un demonio. Hazme feliz, y volveré a ser virtuoso… ¿cómo puedo conmoverte? ¿No bastará ninguna súplica para que mires con favor a tu criatura, que esta implorando tu bondad y tu compasión? Créeme, Frankenstein: yo era benévolo, y mi alma ardía de amor y humanidad; ¿pero acaso no estoy solo, miserablemente solo? Tú, mi creador, me aborreces: ¿qué puedo esperar de tus semejantes, que no me deben nada?”.
El monstruo ni siquiera fue honrado con un nombre propio, derecho esencial de todo ser humano: Responder a un nombre con el que llamar al ego nos es necesario para existir y relacionarnos. Fue la ausencia de un nombre lo que lo tornó in-humano en primer lugar. Su monstruosidad no es intrínseca, sino una consecuencia directa del rechazo y el aislamiento infligido por su creador y sostenido por la humanidad. El Dr. Frankenstein lo miró a los ojos vidriosos una sola vez y huyó horrorizado, dejándolo solo: sin lenguaje, sin nombre, sin marco teórico, sin manual de supervivencia. Sin padre.

El Adán demoníaco, desesperado, pide a su creador una compañera, una suerte de Eva terrible que le es negada. Y con ello, se niega por completo la posibilidad de su bondad. ¿Qué sentido tiene vivir sin afectos? Dice Lana del Rey: “They say that the world was built for two. Only worth living if somebody is loving you”. Pero a juzgar por esta historia, también hay propósito en la venganza.
Esta inversión en la génesis del mal me perturbó. El monstruo nace del intelecto de Víctor, es una extensión de su ser que, una vez animada, demanda reconocimiento y conexión. Esta idea resuena con ciertas concepciones dentro de la Kabbalah, que descubrí en el libro Satán: una autobiografía de Yehuda Berg, que ilustra al Satán no como una entidad ajena, sino como una fuerza que emana de lo sagrado: es la voz que vive dentro de tu mente, que debes domar, es el discernimiento entre el bien y el mal.
Toda la historia es un eco de la soledad -percibida- del creador reflejada en su creación siniestra: (¿Dotar de carne y hueso a un ser que no existe? ¿Para qué? ¿Acaso no bastaban sus afectos existentes en el lado luminoso de su vida? Y luego, la persecución implacable a través de paisajes inhóspitos que paradójicamente parecen fortalecer al monstruo, sugiriendo una verdad aún más inquietante: cuanto más evadimos nuestras responsabilidades y las partes oscuras de nuestro ser, más poderosas y omnipresentes se vuelven.
Esta historia no ocurre afuera; transcurre en el laberinto de la mente de Víctor. Uno como lector llega a dudar de la existencia física del monstruo. ¿Fue todo una pesadilla muy fea? ¿La proyección de una psique atormentada por la culpa, la ambición desmedida de un loco?
Carl Jung dijo en Civilización en Transición (Civilization in Transition), Obras Completas, Vol. 10, Párrafo 506: “To confront a person with his shadow is to show him his own light.”
La idea que deduzco de esas citas es que uno no se ilumina imaginando (“manifestando” es quizás un término más contemporáneo) su luz, sino haciendo consciente la propia oscuridad. El monstruo de la historia es quizás esa sombra junguiana, la parte de nosotros mismos que rechazamos y que, por lo tanto, nos persigue con fuerza implacable. Al huir, Frankenstein abandona su sombra, no la integra, entregándole el control absoluto de su vida.
Durante la lectura me asaltó una empatía hacia “la criatura”. Es fácil identificarse con su anhelo -fundamentalmente humano- de amor, aceptación y conexión. Simone de Beauvoir escribió en el inicio del segundo volumen de El segundo sexo: “No se nace mujer: se llega a serlo”. Y esta frase hay que entenderla en el contexto de la obra, porque fuera de ella puede indicar una idea completamente opuesta. La afirmación vino a desafiar la noción de que la feminidad era una condición biológica inherente a las mujeres. En lugar de ello, argumenta que la “mujer” tal como la entendemos social y culturalmente es constructo, un producto de la civilización.
Y veo en el monstruo de Frankenstein un fenómeno similar: la criatura no nace monstruo; la mirada del otro le impone esa identidad. Y la tragedia de la novela es que la ausencia de una mirada amorosa, de alguien capaz de ver más allá de su apariencia aterradora y reconocer la ternura en su corazón artificialmente animado, lo convierten en el peor de los demonios.
Si tan solo una persona le hubiera tendido la mano sin terror, si se hubieran permitido esculcar en su… ¿alma? Si alguien hubiera visto más allá de sus deformidades, quizás el monstruo no se habría convertido en la encarnación de la venganza. La novela nos confronta con nuestra propia capacidad de crear monstruos a través del prejuicio. Y con nuestra incapacidad de amar lo que se desvía de nuestra estrecha definición de normalidad.

Hoy, el monstruo de Frankenstein puede tomar muchas formas. Puede ser la tecnología descontrolada que se vuelve contra sus creadores al mejor estilo de Hal 9000 en Una odisea en el espacio o la bomba atómica vs. Einstein. O pueden ser las consecuencias imprevistas de nuestras ambiciones desmedidas. O incluso las partes de nosotros mismos que hemos reprimido y que claman reconocimiento. Es esa sombra personal y colectiva que, ignorada, crece en poder y nos persigue en los rincones más oscuros de nuestra psique y de nuestra sociedad.
Frankenstein trasciende al género del terror gótico y se adentra en el del terror psíquico. Nos recuerda que el verdadero monstruo no siempre acecha fuera; a menudo, nace de nuestra incapacidad para abrazar la complejidad y la otredad. Y quizás, solo a través de la empatía y la aceptación, podamos liberarnos de los demonios que hemos creado.

