132 PÁGINAS | IDIOMA ORIGINAL: CASTELLANO | 1955
He quedado profundamente conmovida tras leer Pedro Páramo de Juan Rulfo, publicada por primera vez en 1955. Es una exquisitez. Varios días después de terminarla, la historia seguía en mi mente. Ese montón de espectros se me filtraron por la piel, al punto que al mirarme al espejo temía encontrar un reflejo que no fuera el mío. (No me juzguen: vivo en una casa campestre en una solitaria vereda de montaña). Después de leerla, uno ya no sabe si es o no un fantasma. ¿Eres un fantasma? Esa fue la gran interrogante que Pedro Páramo me arrojó en la cara en medio de sonidos espectrales.
Comala, es un pueblo donde la vida y la muerte conviven. Y donde la muerte no es el final sino un bucle infinito. En sus calles, errantes, habitan personajes que no encuentran redención. Sentir empatía con alguno es improbable: Están todos suspendidos en el instante previo a su descomposición. Uno como lector los ve desfilar sin saber bien qué sentir. Y para entender la historia (que yo creo que puede ser leída con rutas distintas, como Rayuela) el lector debe armar su propio puzzle. “Hay que tender puentes de sentido… Hay que trabajar por la historia. Juan Rulfo no te la da. Tú te la figuras” decía en una conferencia el escritor mexicano Juan Villoro.
Leer Pedro Páramo es tocar la médula del realismo mágico latinoamericano. García Márquez lo citaba como la gran influencia de Cien años de Soledad: «Pedro Páramo es para mí si no la mejor, si no la más larga, si no la más importante, sí la más bella de las novelas que se han escrito jamás en lengua castellana. Si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía ni volvería a escribir nunca en mi vida». Es un libro tan genial que uno siente celos de no haberlo escrito. Si sufres de alguna presunción literaria, leerlo primero te desanima (“Nunca seré capaz de crear algo tan genial, bla, bla, bla…”) , pero superado el shock inicial, te empuja a escribir, desde el convencimiento de que se puede edificar un universo magistral a partir de la nada, en poco más de cien páginas. Es un universo de lenguaje.
Y es que en el microcosmos de Pedro Páramo el lenguaje es un personaje más, un hablar campechano de un México rural cargado de arcaísmos bellísimos y únicos, que solo justifican su existencia dentro del universo rulfiano. El consejo es tener a mano un buen diccionario, ya que vas a recurrir a él muchas veces en poco tiempo, pero solo para descubrir hermosas sorpresas lingüísticas e históricas. Y te advierto: algunas palabras ni siquiera aparecen en la RAE. Por ejemplo:
Gateros: Expresión popular del habla rural y coloquial de México y otros países de habla hispana. Se refiere a una inclinación persistente, casi instintiva, por comportamientos considerados furtivos, sigilosos o interesados, como los que se atribuyen a los gatos.
Rialada: Carcajada fuerte, abierta, sonora, a veces incontrolable. Se usa para describir una explosión de risa repentina, a menudo despectiva o burlona.
Cristeros: nombre que se dio a los combatientes católicos que participaron en la Guerra Cristera (1926–1929) en México, una rebelión armada contra el gobierno federal que impuso severas restricciones a la Iglesia Católica. Eran en su mayoría campesinos, laicos, sacerdotes y católicos devotos que se alzaron en armas para defender su derecho a la práctica religiosa, que había sido fuertemente limitada por el gobierno posrevolucionario del presidente Plutarco Elías Calles. Las consecuencias de esta guerra fueron entre 70 y 90 mil muertos, entre soldados del gobierno, cristeros y civiles. Curiosamente, Juan Rulfo quedó huérfano a los 8; su padre fue asesinado en la Guerra Cristera.
Otras palabras sí aparecen en el diccionario, testigos de ese castellano culto y precioso, como salido de boca de alguna bisabuela. Por ejemplo:
Juan Rulfo era muy misterioso, pero entre las muchas anécdotas que contaba, decía que iba al viejo cementerio de Jalisco, para “robarse” de las lápidas los nombres de sus personajes. Quizás por eso son tan rimbombantes y originales. Lo curioso es que en las páginas de la novela, conseguí dos referencias a un tal Melquíades y a un tal Prudencio, que me regalaron una sonrisa instantánea. Me imaginé al Gabo caminando por el cementerio de Comala y robándose los nombres para su propia novela.
En Pedro Páramo el tiempo transcurre suspendido, en una atmósfera fantasmal. Es un tiempo mítico que da vueltas, y se enrolla sobre sí mismo en espiral. Personalmente lo considero una gran historia de horror (aunque algunos expertos literarios lo catalogan dentro del género de Fantasía). Para mí, Pedro Páramo es la gran historia de fantasmas.
Encontré en la novela el terror genuino: que después de la muerte uno no desaparezca del todo, sino que se quede colgado en la repetición infinita y estéril, de una vida que no ocurrió como uno hubiera esperado. Una vida intrascendente. Como lo fue la vida de Juan Preciado, su pusilánime protagonista.
Pedro Páramo es una novela sobre la búsqueda del origen. Desde el primer párrafo, se siembra esta idea a través de ese comienzo monumental: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté las manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.»
He amado cientos de libros en esta vida, pero toparse con una obra como Pedro Páramo es un evento excepcional. Lamento haber ignorado a mi profesora de literatura en el colegio, María Angélica, que lo recomendaba con tanto fervor. Y ciertamente espero leerlo varias veces más.
Leí la edición de @rm que es una belleza absoluta, tapa blanda, y que muestra en la portada la ilustración de Ricardo Martínez, que apareció en la última página de la primera edición de la novela. Detallazo. ¿La película de Netflix? Aún no la he visto. Pero definitivamente voy a hacerlo.

